
miércoles, 25 de agosto de 2010
El mejor vals

jueves, 12 de agosto de 2010
Espacios naturales por Teresa Arijón
Quiero compartir con ustedes las palabras que leyó Teresa Arijón en la presentación de Espacios naturales, mi último libro publicado. Pasaron algunos meses desde entonces, pero hace poco que tengo este texto conmigo y nunca es tarde cuando la dicha es buena!
“Un nene se duerme dejando un vaso de leche al lado de su cama, en el suelo. Un ratón se bebe la leche. El nene se despierta y, al encontrar el vaso vacío, se pone a llorar. El ratón apenado se va a buscar a la cabra para que le dé leche. La cabra no tiene leche porque necesita pasto. El ratón sale al campo, a buscar pasto para la cabra. Pero, como no hay agua, tampoco hay pasto. El ratón, que es muy cumplidito y parece tener todo el tiempo del mundo, va a buscar agua al pozo para regar el pasto para que coma la cabra y dé leche para el nene. Pero el pozo no tiene agua porque tiene grietas. Entonces el ratón va a buscar al albañil para que lo arregle. Pero el albañil no puede arreglar el pozo porque no tiene piedras. El ratón, cansadísimo pero sin perder el espíritu, va a la montaña a buscar piedras. Pero la montaña no quiere saber nada porque le han talado todos los árboles y parece un esqueleto. “A cambio de tus piedras,” le dice el ratón, que por lo visto promete por otros “cuando sea grande el nene plantará muchos árboles en tus laderas”. Después, el niño tiene leche de sobra. Y agua tiene el campo. Y pasto la cabra. Y cuando el nene crece y se hace hombre, planta los árboles el ratón había prometido y los árboles crecen y dan frutos y flores y la tierra de la montaña vuelve a ser fértil.”
Quise empezar con este cuento, que Antonio Gramsci — el menos dogmático de los pensadores revolucionarios del siglo xx según John Berger— escribió en 1931, en una carta, desde la cárcel, para sus dos hijos pequeños. Quise empezar con este cuento porque alguna vez leí que el parecido es un don, y es siempre inconfundible. Y porque encuentro ese parecido entre la visión de mundo que presenta Paula Jiménez en Espacios naturales y el cuento del ratoncito esforzado que, tras haberse bebido la leche del niño y haberse propuesto enmendar ese acto y calmar ese llanto, le devuelve —por una concatenación de hechos, por pura causalidad y por obra del destino— la fertilidad a una montaña.
Así es el mundo que nos propone Paula, o al menos el que he podido entrever en estas primeras aproximaciones a sus poemas: un mundo de laboriosa intensidad, de bondadoso entendimiento, donde todo está unido a todo, o cada cosa a otra cosa, incluso en la separación. Un mundo, por eso mismo, compasivo. De compasiva inteligencia, diría. Y de dolorosa aceptación. Un mundo tangible, como creemos tangible nuestra vida diaria, colmada como está de pequeños interludios reveladores. Un mundo donde el amor es presencia, aun en la ausencia. Un mundo sumido en la inquietud, también, y en las preguntas por la vida que pueden ser las de cualquiera de nosotros, las de un niño, las de un anciano. Un mundo donde paso a paso se encuentran algunas respuestas; un mundo, en suma, generosamente tranquilizador
y salvo / los sauces inclinados sobre el río / nada llora.
Así concluye el último poema de Espacios naturales, el que da nombre al libro. Y esa es la sensación —fresca, exacta, complacida— que deja su lectura: la imagen en el ojo, la que entró por la pupila como por un canal infinito y fue directo —entre todos los lugares probables que puede alcanzar aquello que la escritura fija— a un lugar donde se cruzan los pensamientos y las emociones: el lugar de un saber acaso solitario, el de la poesía, y en este caso solidario, diría, por su manera de darse a entender, de partirse y de compartirse.
Viaje de un largo día hacia el día, los “espacios naturales” abren aquí — ¿o son? — intersticios, intermitencias, temblores íntimos de aquello que compone lo que entendemos como “la vida humana”. Viaje en el puro ritmo de la palabra, como un viaje en bicicleta: casi siempre pausado — como si Paula quisiera darnos y acaso darse más tiempo para pensar —, con sus marchas y contramarchas, sus subidas cuesta arriba, sus descensos veloces entregados al declive, al vértigo, al devenir. Y la materia — ese misterio que la preocupa con insistencia — que aparece y desaparece, y es cifra y clave de Espacios naturales.
Componiendo una realidad “asible”, los elementos se conjugan para hacernos conocer nuestra finitud, pero también, nuestra posible belleza. En constante cadencia que absorbe, imanta y vuelve a proyectar cada imagen — redescubierta, resignificada — en el tiempo.
Con los pies sobre la tierra, su bienamada, Paula persigue lo no visto a través de lo que ve, porque en ella ver equivale a fluir: Nunca sé más de lo que veo, dice. Atenta al detalle que a otros se nos escaparía: durante unos instantes un rasgo aislado — un pimpollo que abandona su gesto ensimismado— se apropia de su perspectiva y la impulsa a desvelarlo en el poema.
Como tocar una ausencia, cuya aparición llega casi imperceptible: quizás sea la causa de la imagen / que un ojo sepa, conozca su vacío.
Y la naturaleza ahí — la siempreviva —, amable y envolvente, tan amable — porque Paula la vuelve cercana — que parece estar al alcance de nuestra mano: una tempestad, una brisa, una lluviecita terca, un pájaro: todo podemos tocar y todo nos toca. No hay nada que nos sea ajeno.
Y también, ante tanta extrema fugacidad, el desasosiego de no poder quedarse, permanecer, de no poder fijar el momento que creemos — o es o ha sido — perfecto; el desasosiego del eterno movimiento, de tener que pasar. Y el dolor de haberlo comprendido. Y lo que eso conlleva: una serena alegría.
Y eso quisiera celebrar ahora, lo que deja Espacios naturales después de su lectura: un generoso bienestar. El deseo, y el impulso, de seguir andando. La respuesta bondadosa y compasiva a las humanas preguntas de siempre. Desde la que Diana Bellessi llama “la pequeña voz del mundo”: la poesía.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Cuento

Mi padre no quería morir sin verme casada y se lamentaba por mi suerte. “Nos, buscábamos una niña normal... y me cago en la puñetera madre que te parió”, decía. Violentábase él y yo misma percibía que mi vida no le caía en gracia. Lo enfrentaba entonces con desconocida vehemencia que brotaba de mí como un demonio. Y él, ¡si, vierais con qué furia reaccionaba! Con deciros que una mañana agarró por orejas un cabrito y revoleolo en los aires del enojo.
Os voy a contar mi historia. Tenía yo una amada: Magdalena, la esbelta y fogosa Magdalena que nació con pelo rojo y no tiñose en toda la eternidad. Soltábalo al viento levantando nubes de polvo a su paso, sus labios hinchados y pómulos altos conferíanle aspecto de actriz de cine, más, no existía cine alguno ni película que proyectar en esos tiempos. Mi otra amada, Sara nombráronla sus padres y las generaciones, carecía de dotes artísticos o cualquier menester que a esto relaciónese. Pálida y menuda como un cristo, pero enloquecían todas las gentes de amor al conocerla. Tan bella era. “No te alcanza con una, tortillera de mierda”, reprendíame mi padre.
En una oscura habitación de la casa de piedra familiar, dormía yo, envuelta en edredones. Tanto frío hacía. Pero el calor llegabame si por las noches recordábalas a ellas e incurría en silenciosas masturbaciones que a nadie molestábanle. He sido cuidadosa siempre con ellos. No metíame yo nunca nada que hiciese ruido, ni gemía y recibía agresiones, sin embargo. Por eso, más que nadie, valoraba yo la soledad de mi cuarto y enojome la aparición de un ángel que, con buenos argumentos, queríame convencer de cosas que no eran.
Había logrado conciliar el sueño aquella noche cuando llegó hasta mí la esfumación. Colóse por las rejas de las ventanas este ángel, forma de púber en rayos de luz divina que dañome la vista. Apreté mis párpados entonces y encandecida rogué bajara la intensidad para abrir mis ojos y no lo hizo. Tan lejos de la experiencia humana hallábase ese ángel, noté yo, e hizose el sonso como si hablárale yo o pasara un tren que no había alguno, ni vías en Jerusalem para que transitara. Irritome y le exigí que se fuera. Más, mostrábase imperturbable él y alzando brazos cantome un salmo que titulole el Ángelus. “Detesto los salmos a esta hora”, grité, pero no respondiome. ¿Cómo habríame de escuchar él a mí en medio de tanta orquesta? Por mi parte, sospeché que todo el pueblo estaría ya despierto dado el volumen. Tan grande era. De pronto hablóme con eco el querubín. Érase una voz metálica y espantosa como todo en él. Más, el horror llegó cuando acercose a mí tendiéndome tres dedos suyos. Abrí un ojo mío y vilo sonriente al invasor.
- ¡No! - advertíle - ¡Vais a electrocutarme! ¡Salíd de mi cuarto!
- No debeis temer, María – díjome en su repugnancia – soy un enviado de Dios.
- Angel mío – respondí amablemente porque tampoco queríame yo ganar el infierno.
- Arcangel – corrigióme el pedante.
- Perdón, Arcángel mío, vos no creéis que carezco yo tan de imaginación como para no figurarme que sois un enviado de Dios, ¿verdad? Más, ¿para qué quieresme Él a mí que está tan bien solo? Y, os suplico, no me toqueis que me impresiona.
Antes que una respuesta saliera de sus labios, retornose la cantata a la tierra. Sostuvo el coro una nota musical por largo tiempo, prologando la anunciación de la que vosotros ya habeis tenido noticias por medio de Pablo y Mateo. Que en paz descansen.
- Un hijo – dijome el arcángel – El Señor Dios quiere un hijo tuyo.
- ¿Un hijo? ¿¿Un hijo?? Hacédme un favor, Arcángel mío – dije y tomeme el pecho que reventábame de disgusto -, en mi nombre vais a decirle que no. Que así estoy bien.
- Y ¿porqué? No os entiendo, seríais una privilegiada.
- Aunque vos lo pongais en tela de juicio y tu creencia condeneme injustamente al pecado de la mentira y este al infierno, más terrible es la verdad, que lo que no tiene es remedio como dijo el cantante, pero debo deciros que lo soy.
- Que lo sois, ¿qué? Eres muy complicada
- Que soy una privilegiada, mi arcángel... y por un motivo que no os va a agradar... – dije yo pensando en los fogosos besos de Magdalena - perdón... ¿cómo os llamais?
- Gabriel
- Gabriel: un gustazo. María
- Lo sé. Pero sigamos con el temita de la anunciación ¿cuál es el privilegio de decir no?
- Mirad Gabriel como son las cosas: en este son todas más o menos iguales y vos habeis dado justo con la excepción.
- Sí, por eso os ha elegido el Señor.
- A ver – desafielo yo – ¿Porqué soy una excepción para el santísimo?
- Sois virgen
Cuando dijo “virgen” entonó el coro celestial: “Virgeeeeeeeeen”. Más, todos vosotros estais equivocados, asegurele al ángel. Y él:
- ¿Cómo?
- Como os digo. Y hay más para contaros pero prefiero mantenerlo en secreto. No os enojéis pero este es un pueblo chico.
- Y, ¿Dios...?
- Dios, ¿qué?
- ¿Cómo Dios no lo sabe?
- Bueno, suponíame yo que Dios conocíame mejor que nadie. Que estábame habitada por su espíritu y que yo habitaba el suyo y los dos en la casa de mi padre, con quién discuto seguido pero que también tiene a Dios adentro. Y creíale yo que Dios peleábase con Dios cuando mi padre y yo discutíamos. Que cuando una vez mi padre voló un cabrito por los aires, también volólo a Dios, que en el cabrito había. Que en paz descanse, pero de todos modos nos lo íbamos a comer otra noche si no era esa.
- ¿A Dios?
- No, al cabrito.
- Me estáis mareando. No estoy preparado para tanto. Además yo solo he venido a anunciaros lo que Dios me ordenó hoy por la tarde: “Ve y dile a María que tendrá un hijo mío. Nunca ha estado con un hombre pero en su vientre engendrará un niño”
- ¡Dios me libre! – grité desesperada – Para destino mío suena un poco bizarro. Por otra parte, debo explicaros que el Señor ha recaído en un error al pensar que soy virgen… es cierto, no he estado con un hombre, pero la virginidad puede perderse de muchas maneras.
Luego de estas palabras sobrevino el silencio. No escuchábale yo sino el piar de los pájaros a lo lejos o el lento andar de una carreta romana perdida en la oscuridad con un gladiador arriba. Todo parecíame vuelto a la normalidad cuando de pronto la voz del arcángel retornóme a los oídos:
- ¡Oh! ¡Qué ridículo me siento! – lo escuché, más, yo seguía sin mirarlo porque dañabame la luz que de él salía. Tan grande era – ¿puedo sentarme? Casi caigome redondo del impacto.
- Sí – dije -, sentaros. Y ya que estais ¿no os cubriríais con esta manta negra, así puedo abrir mis ojos?.
El ángel se tapó al fin, esa luz me destruía la visión. Al levantar los párpados vi que sus alas se curvaban y bajo la manta opacábase el intenso brillo, imaginé que por desilusión. De súbito, espetó:
- ¿Sabés María? No tengo ganas de pasarme la eternidad comprendiendo ¡Ya estoy cansado! ¡Que ve para allí y que digas esto! ¡Que no nací para profeta, que yo sí! ¡Que anunciale tal cosa y aparécete en tal lugar! ¡Que no soy virgen! ¡Que esto, que lo otro! ¡Llevo años componiendo músicas para diferentes ocasiones y si hago esto es para poder cantar con mi coro, y nada más! ¡Porque lo que gustame es cantar! ¿Entendeis? ¡Amo la música, más que a dios, más que a nada! ¡Así que me voy y arreglaros directamente con Él! ¡Conmigo se acabó!
Así nomás disipose el arcángel loco y a diferencia de cómo había llegado se fue de mi lado sin hacer aspavientos. Solo dios habrá visto la luz extinguirse en la ventana, apagarse la estrella de su sueño fugaz en la inmensidad de la noche.
lunes, 14 de junio de 2010
Perla

Suplemento Soy
IN MEMORIAM
La buena educación
Por Paula Jiménez
Cuando Perla Szuchmacher ya había enfermado, despertó de una operación y pidió papel y lapicera para escribir la dramaturgia de su última pieza teatral, basada en el cuento de Linda de Haan y Stern Nijland, Rey y rey. Perla la llamó Príncipe y príncipe, y es la clásica historia de aquel que hereda el trono y debe contraer matrimonio para poder asumirlo. Pero, ¡atenti! Que la historia deja de ser clásica cuando a la reina le sale el tiro por la culata, porque lo que el futuro rey asumirá no es solamente su lugar en la corte. Una vez hecha la convocatoria a las más bellas señoritas, éste elige desposar nada más y nada menos que al hermano de una de ellas. La reina le pregunta entonces sobre cómo harán para tener hijos, y éste le contesta que los adoptarán. Tomá mate. Es que dentro del amplio espectro de preocupaciones sociales incluidas en las obras de Perla Szuchmacher, la de la diversidad sexual aún no había sido abordada por ella hasta aquel momento, y alguna secreta urgencia la instó a que lo hiciera antes que su tiempo se acabara. Esta directora y dramaturga infantil, hermana del director de teatro Rubén Szuchmacher, nació en la Argentina en 1946 y se exilió en México, donde murió el 10 de mayo de 2010, tras padecer cáncer durante un año. En el momento de su muerte, Príncipe y príncipe ya estaba en cartel.
Perla, que en los años de dictadura fue despedida de Canal 13, donde conducía un programa para niños, desarrolló en México una trayectoria y un perfil artísticos poco frecuentes, no sólo por su posición combativa frente el teatro infantil –“es el patito feo del teatro y me encanta remar contra la corriente y dignificar este arte”, dijo en una entrevista–- sino porque todos los temas que eligió para poblar su dramaturgia son el patito feo, el diferente, el costado rezagado y silenciado de algo. Es que, como tenía un gran respeto por los chicos y no subestimaba nunca su inteligencia, Szuchmacher no desmereció que éstos pudieran comprender el entramado cultural circundante y por eso no se calló nada; sólo tuvo que encontrar el lenguaje idóneo para eso y le salió muy bien (además, ¿qué mejor momento de la vida de un ser humano que la infancia para cultivar valores que alienten a la construcción de una sociedad distinta desde sus bases?). Por eso las obras de Perla Szuchmacher debaten temas nodales como el desempleo o la explotación infantil, en Inútil presentarse sin reunir los requisitos; el machismo, en el caso de ¡Vieja, el último! –una expresión sexista que desde chicos usan los mexicanos y que quiere decir algo así como “el que queda último es mujer”– y que se ha transformado en un clásico; la adopción, como en la galardonada obra Malas palabras; y, a partir de su tiempo final, también, y afortunadamente, la homosexualidad.
sábado, 8 de mayo de 2010

Llegar en medio del adiós
y la renuncia
para subirnos a una embarcación
y con la luna abandonar la tierra.
Pisar otra vez el suelo firme
y ver las flores
las frutas, los cigarros
desparramados en las tumbas.
Vos y yo caminamos ascendiendo
y descendiendo por la colina oscura
hasta el panteón,
más vivas que el amor, que las hormigas
que el movimiento entero.
Como tantos
no somos más que turistas deslumbradas
por este mundo en el que nada hay
del todo vivo
o del todo muerto. Ahora miramos
a los muchachos abrazarse,
borrachos ya
brindando en las cantinas
o bajo las estrellas, en la costa.
A penas si se pueden sostener
pero se yerguen
como si todo el equilibrio fuera en ellos
una fiesta y la noche, compañías eternas
como el cielo y el infierno.
Yo estoy cansada de andar
y soy como los muertos de este día
no toco con mis manos lo que amo
nadie me quiere a mí
sino al recuerdo de su amor antiguo.
La madrugada cae y se atenúa
el fulgor de la estrella.
Bajan los santos, los niños, los fantasmas
hasta nosotras
que untamos guacamole
y temblando de frío bebemos café negro.
La claridad se impone, se acomoda
a las calles suavemente y va cobrando
nitidez la ofrenda
que en su periplo abandonó la noche.
Hecho de vidrios,
de vasos y de pétalos, el sol da forma,
nuevamente, al mundo.
miércoles, 5 de mayo de 2010
Entrevista

Viernes, 19 de marzo de 2010
ENTREVISTA
Está autorizada por la Cámara Federal de la Capital a declarar como testigo en el juicio que se le sigue a su padre por la apropiación de Juan Cabandié, su hermano menor. Actriz, lesbiana y testigo de una historia violenta, Vanina Falco ha contado su verdad arriba del escenario, abajo, y sigue contando en esta entrevista.
Por Paula Jiménez para Suplemento Soy
En Mi vida después, el biodrama de Lola Arias, vos interpretás la historia de tu vida... ¿Cómo te decidiste a hacerlo?
jueves, 22 de abril de 2010
Poema

No son embarcaciones
sino pequeños buques como impactos
de color en el agua. Algunos
tienen nombre: Pie desnudo, La reina
de la playa, Tus ojos, El pescado.
Apenas balancea sus viejas estructuras
un oleaje calmo que se agita
en la orilla de la isla Providencia.
Tratamos de seguir el movimiento
ir más allá
de la quietud del mar.
Bajo un cielo cargado
Son las seis de la tarde, pero el sol
amenaza perderse
entregarse a la noche que adelantan
las nubes tormentosas.
Es la última tarde en la Praia Do Lázaro
¿quién pudiera medir lo transcurrido
desde el primer crepúsculo
que vimos
No parecían reales esas olas inmensas
disueltas en vapores plateados
que lustraban las rocas y rugían
furiosas y cansadas
de su constante avanzar y retraerse.
Cada vez esa furia aplacaba la nuestra
golpeaba nuestra ira cotidiana
esas olas entraban en tu cuerpo y el mío
y nos hacían silentes y sumisas.
Como si fuera hoy quema la arena
que esa tarde pisamos. Y yo te veo a vos
mirando el panorama de aquel cielo
diluido en el agua.
Ahora las dos remamos mar adentro
voy adelante y no puedo girar
para espiar tus ojos
el movimiento equidistante de tus brazos.
Ya se terminan
los días en la costa que se parece más al paraíso
de todas las que vi, porque supongo que el paraíso es
ese lugar donde el instante cobra
un valor igual al tiempo entero.
Ya se termina
es lo que dicen todos cuando vuelven al yugo indeseado
y sienten que los días van muy rápido y que no elijen
la vida ni el infierno.