miércoles, 25 de julio de 2007

ReseÑ

La mala vida
Paula Jiménez
Bajo la Luna2007
Pp 27
por Leonor Silvestri

El nuevo libro de Paula Jiménez se llama La mala vida y ese nombre, junto a la potente cita del poeta maldito Antonin Artaud (Soy el único juez de lo que está en mí), pone al público lector de sobre aviso acerca de lo que aquí se encuentra. No es éste el típico libro que el mandato dicta una mujer debe escribir: ni las señoritas del amor, ni las intelectuales postmodernas, Paula Jiménez escribe como mujer, acerca del lugar de la mujer, y sus interlocutores, en la larga cadena de participantes en la adicción a las drogas, pero sin un sesgo de moralina, compasión o descanso.El proyecto tácito de La mala vida parece ser hacer poesía y hablar poesía con lo que no se dice y no se habla, a través de poemas que dejan sin aire (“no va a ser mío si te pasa algo, el forro está entero,…No digo palabra. Desde acá/ te veo ir hasta el baño, arrojar los residuos/ en el tacho y abrir una canilla/ oxidada. Escucho caer el agua todavía/ que hace diez años te lavo las manos.). El lector desciende a un submundo con sus historias más truculentas y fascinantes de dealers mujeres bolivianas, bebés disecados de droga, policía mafiosa, aguantaderos, y todo su sutil trasfondo político y social de abandono y desesperación de aquellos, incluso, que parte de la sociedad tilda, aún hoy ,cromo “criminales”, y divide las aguas entre unos y otros: “Algunos se van de vacaciones y se traen/ tardecitas en la playa de recuerdo…/Yo quería/comprar porrito en la frontera y vino un tipo/con un pibe a upa. Me lo ofreció también/ por unos mangos…”. El texto poético es narrativo y minimalistas, sin metáforas, despojado de toda torpe adjetivación que oculte o modalice. Los 18 poemas de este breve libro dejan actuar sus historias a través de los cortes de verso que hieren como navajas con su realidad (Mis cosas son más mías que mi cuerpo/y todo cuelga ahí, en el respaldo de una silla/ chueca. De pronto esta mentira en la que creo/ ser dueña del desastre no me importa.)La mala vida ni condena ni contiene, ni reprime ni explícita de más (“casi llegamos a tener/ lo que queríamos, una vida al revés/ de los demás, pero era igual.”), y allí radica una de sus mayores originalidades de este contundente texto que, con la fuerza de sus palabras, se hará un lugar entre los libros de culto.


y en su blog agrega: para paula y soraya y vamos nenas todavia

sábado, 23 de junio de 2007

De "Ni jota" (de próxima publicación)




Desde adentro, por debajo del jardín, en la trastienda del camino de la hormiga, la catacumba o el alma de la casa, desde allí mismo se gestaba el huracán, una fuerza centrífuga trayendo al comedor los sucesos de los días. El viento se alzaba fuertemente y nos dejaba una lluvia de recuerdos. Las nenas no entendíamos ni jota. Empapadas salíamos a la calle, como después de haber cruzado un río.

Rodeábamos la mesa nosotras, la Tía con su pañuelo floreado, de los colores de las patas de la silla unos pelos duros le asomaban por los bordes descosidos. Como las olas mecía el cucharón que dejaba caer las papas fritas, los bifes de roast bief, las ensaladas. A la sombra de sus manos, sobre el vidrio soleado que cubría el mantel, se juntaban los platos uno al lado del otro, entre ellos se rozaban esos platos, se pegaban codazos, se decían secretos. Todos tenían un agujero en el medio, sólo uno, decía la Tía, pero muy hondo, muy jondo. Igualitos a las cuentas de un collar.

También era uno el surco que cruzaba ese campo, y el novio de la Tía cuidaba de esa siembra, longa y única como el horizonte que se veía desde el techo. El novio de la Tía no cuidaba el horizonte, no se puede cuidar un horizonte, sino el campo lejano a la casa donde habíamos crecido. No son del tiempo, decía el novio de la Tía, porque el tiempo no crece: pasa. Y ella pensaba en el enano de la carreta, duro y de colores, que no pasaba él, que no crecía.

Cuando tomábamos la comunión parecíamos novias, hacíamos una fiesta para ponernos el vestido. Éramos chiquitas, tan chiquitas que, como a gallinas, cualquiera nos pisaba, aunque siempre más altas que el enano, y muchas también, y cabíamos debajo de la falda de la Tía. Entrábamos ahí y corríamos la calle de la iglesia por escapar de él. Él usaba unos guantes para no dejar huella y se volvía indeleble y húmedo, un marcador que se borra con el codo. Lo llamábamos el novio de la Tía porque no sabíamos decir tío.

A veces, en mitad de la noche, rugía el volcán, el ciclón, el huracán debajo del jardín. Escuchábamos el temblor en las paredes y en los techos, unos pasos acompañaban el movimiento sísmico que de vez en cuando colmaba nuestra vida de hechos importantes, que de vez en cuando, y sólo de vez en cuando, derramaba su lava de futuros recuerdos sobre la oscuridad del comedor. Y la lava brillaba y lavaba los muebles y los pisos, la Tía res lavaba y resbalaba en la sal. Hacia el sur iba de cola nuestra Tía, como la novia, como la Osa mayor.

Esa manía que tenían en la casa de ponerle a todas las palabras, los sonidos, cualquier cosa dicha por ahí, a todo le ponían una jota, ¡oh, jota! ¡oh, jota!. Delante de las cosas que decíamos, siempre esa letra, esa inicial que bailaba Tía Juanita con las patitas a un costado, ella saltaba y en el aire se tocaba un talón con el otro, usaba un vestido para aquellas ocasiones, un vestido gallego, colorinche, del que a veces colgaban cascabeles, castañuelas, castañas, cachiporras. Y yo me avergonzaba de esa letra, me ponía roja y diferente, un tomate en el cajón de las lechugas, una jota entre las ge.

jueves, 24 de mayo de 2007

Fotos de la presentación de "la mala vida"

Con Nicolás Segura, Silvina González, Soraya Rizzardini y detrás Natalia Pierro, la cantante, antes de hacer su particular versión de "Mala reputación", la canción de George Bressens





Con Claudia Prado y Gabriela Cabezón Cámara, las presentadoras

lunes, 14 de mayo de 2007

más de "Sosiego"


La imitación



No genera calor
su propio cuerpo, por eso busca
el caldo del pantano, o la extensión
dorada de la tierra. Tan incapaz
es él de darse abrigo
que de la fiebre de los otros se alimenta.
El frío lo persigue en vida. Y sus días son esa
sangre que no anida, que no sabe qué es
sentirse a veces
centro de un mundo pulsado por el fuego.
Lágrimas huecas llora el cocodrilo,
¿por mímesis, tal vez?
¿o helado anhelo?

lunes, 23 de abril de 2007

un evento





El 9 de mayo a las 19hs. se presentará mi libro "la mala vida", publicado por "bajo la luna". Habrá música y lectura de textos. En "Simón en su laberinto", Bolívar al 800, San Telmo. ¡Los espero!




poemas de "la mala vida"


Una noche queríamos comprar
merca y entré a un conventillo
de tres o cuatro pisos,
las escaleras circulares daban
a los palieres anchos y en las puertas
de las habitaciones había mesas
donde atendían los punteros. ¿Qué pasa
si no vuelvo? pensé, nadie se entera.
Una mujer sacudía su vestido
apoyada en la baranda y un pendejo
paseaba en un triciclo. Trancé, después me fui
y como si fuera
a convertirme en la estatua de sal
del Evangelio o en la chica
de piedra del Abasto, no miré atrás
al descender, a diferencia
de los colectivos. Pura superstición
o miedo de andar
mostrando el miedo. No sé, fijé la vista
y sin chistar
bajé. Me acompañaba un eco que era mezcla
de risas, voces, cacerolas, una vida
de esas donde nadie
está solo. Podía imaginarme un patiecito
con piso de baldosas, el interior roído
de un living comedor, la tele
prendida, una familia.
Yo a veces siento
envidia de esas cosas.


Si tu grito es un ladrido
Indio Solari


I

Criaba labradores en su casa,
todo el fondo era de ellos. Jardín no había,
ni césped, tierra rasa y a la sombra del árbol
una hamaca “para tirarme a leer
ciencia ficción”. Me lo imagino libro en mano
con las piernas cruzadas y los perros
rodeándolo como una alfombra negra.
Una noche, después de llenar tachos
con agua y alimento entró a su cuarto
y se coló unas pepas. “Vos te burlás, yo quiero
saber del más allá” decía y no pensé
que hablaba en serio. Fanático del género,
desde el barrio de Villa Urquiza organizó
su propio viaje a las estrellas y de ese plan
sideral no tuvo dudas. Se quedaron los perros
varados en el fondo de la casa,
ladrando por tres días como buscando ayuda.





poemas de "Sosiego" (inédito)


La mujer pájaro

I

Con formas de animales en las manos, como en teatro
de sombras las dos palmas
se elevan agitando plumas, dedos que imitan vuelo
en lo oscuro del cuarto. Luego, su voz
se cambia en el lamento
de un águila que entrega mi pesar.
Ilusión de vacío en el ombligo, un cordón
que nos desata al fin. Sentías tanto
horror
, dijo mi pájaro, que preferiste ir,
dejar tu marca en la pared
. Entonces como el agua
su voz cayó en mi pelo, me resbaló en los hombros
y vi todo otra vez,
liberada de ser la que no sabe, la que retiene solamente el enunciado
y no el recuerdo. Sos este olor, la sombra de las palmas,
el pasto que renace después de la pisada.
Vas a morirte y no te queda
nada pendiente,
sos la que vive en el olvido, por fortuna,
la que le canta a su éxodo presente.

II

Inquietamente asirse
al borde de la cama para que tanto llanto,
la expiación
no se convierta en ala que se lleve
lo que ha sido sanado. Y en ese movimiento
ondulante del alma que lamenta
vaciarse en luz, nadando e irradiando
partículas tan chicas que podrían
bañar el universo. Si ilumina tu casa, dice el pájaro,
cuanto más por su impulso tu destello, llega al borde
y alumbra el infinito.


III

Mañana, ya se sabe, de los cuerpos no quedan
sino estelas, incontables jirones a penas distinguibles
en el aire. Si miraras con fuerza lo verías:
lo que la carne imprime es su impaciencia,
el eléctrico apuro de sus células
por encontrar descanso. Y un sonido vibrante
que no cesa, y que no tiene origen.
La humanidad entera, hasta los animales,
las plantas y las piedras se montan a su música,
al brioso corcel que cruza el tamo
con galope de oro
y no regresa.

domingo, 18 de marzo de 2007

Carne




El cactus vulnerable, su corazón
espeso, vencido por el viento: la más firme
fuerza es transparencia,
erosión que va cercando al tronco duro
y hace arder lo que no existe.
Así se allega
la coraza de brisa, más partida que el agua, un poco
más, y su insistencia, empuje que nos hace
el blanco de un complot sin excepciones,
de un relato contado de millones de formas
en la voz y en la piedra.
Nubes después
de tanto traqueteo vacilante, de caer
sobre el ripio y levantarse,
pero en el cuerpo
hay una sola herida que se agranda,
un clavo que al hundirse nos libera. No se aspira
al espíritu divino, dice el pájaro,
sino a su carne sosegada.