martes, 29 de diciembre de 2009

Regalito para terminar el año


Suplemento Soy

Sábado, 26 de diciembre de 2009

Entrevista a Lala


No habrá ninguna igual



Con ese nombre que parece una invitación al canto, y vestida a lo varón, Lala canta el tango como ninguna. La voz de las pioneras y la sutileza de las primeras cancionistas se reencarnan en esta feminista arrabalera que primero aprendió a llorar, después a cantar y luego a andar con sentimiento.
Por Paula Jiménez

¿Hay una contradicción para vos entre ser feminista y cantar esas letras de tango tan machistas a veces?

—Siempre canté tangos, porque me parecen muy teatrales, ésa es la posibilidad que te da este género. Me dediqué a la actuación y me gusta poder, en cuatro minutos, construir un personaje. Cada vez que canto un tango de estas mujeres estoy evocando una sensibilidad, una época, un ser: es un viaje. Entrar en otro espacio, eso hago. Me comparo con ese personaje, me conecto con esas mujeres y empiezo a leer sobre ellas, a enterarme de cosas que no sabía. Me siento más una actriz que canta que una cantante. Y, por otra parte, a mí lo que me interesa es rescatar una energía en especial dentro del tango.

¿Qué energía? ¿Por qué querer rescatarla dentro del tango?

—Porque yo la veo. Porque la encontré... Para mí lo más importante en el mundo es la alegría. Es como una flor, no importa si después desaparece. Hay una flor que me regaló Bárbara Belloc que en primavera sale un solo día y después desaparece, sin dejar restos... Yo lo relaciono con los monjes zen, con lo que se desmaterializa. Nacimos para ser delicados y hermosos... Y cuando canto un tango, lo canto desde ahí. Es difícil, ya sé, porque no es delicado el tango. Esa delicadeza la voy encontrando en las palabras, en el sentimiento y el desgarro del tango que cantaban esas mujeres... Yo al tango creo que lo uso. Veo en él ese gesto, esencial y genuino que se fue perdiendo, porque el tango de ahora no es como el de entonces...

En los ‘90 empezaste con tu espectáculo Se va la vida, que era un homenaje a las mujeres en el tango. ¿Cómo se originó en ese momento aquel proyecto?

—Fue gracias a María Moreno, que me escuchó cantar en un bolichito de La Boca y me dijo que me parecía a Azucena Maizani. A partir de ahí yo empecé a investigar a las mujeres del tango de aquellos años. Para mí, antes, eran mujeres de vocecitas agudas y de pronto descubrí que detrás de eso había un movimiento impresionante. Yo cantaba tangos desde chiquita, escuchaba a Susy Leiva, a Susana Rinaldi, pero no tenía idea de las compositoras, como por ejemplo de María Luisa Carnelli, la autora de “Se va la vida”. Siempre fui hiperfeminista y cuando estudié arte dramático me preguntaba: ¿dónde están las autoras? Parecían ser todos hombres. Y me alegré mucho al descubrir ese mundo de comienzos del siglo XX, finales del XIX: las cantantes, las poetas, las de la “Ribera izquierda”, Collette, Gertrude Stein, mujeres de vanguardia. Aquello que sucedió en Europa se sintió también acá, sobre todo en el tango, donde prevalecían las cancionistas, la mayoría autoras: Azucena Maizani, Mercedes Simone, Ada Falcón, hasta Tita Merello compuso tangos. No eran mujeres de clase alta como las de la Ribera izquierda que se reunían en salones y editaban libros, y de alguna manera inventaron la modernidad. Pero, como ellas, las mujeres de acá también se adelantaron a su época. Con su actitud, con su manera de decir, de cantar. Fue importante ese momento inicial. Lo que me llama la atención es que el aquel público era más bien femenino y llenaba los teatros; las cantantes actuaban en vivo en las radios y había concursos de letras y música, era como una fiesta. Yo me acuerdo de que la época en que yo empecé, en el ’94, había un grupo de tango que se llamaba Glorias Porteñas, pero ellos no hablaban para nada de este tema. Todavía no se habla.

¿Por qué no se habla?

—La verdad, no sé por qué no se le da repercusión. Hay una suerte de moda con el tango, pero no se profundiza. Yo estudié en una escuela de música popular y no había ningún material de investigación. Tampoco actualmente hay una movida desde las cantantes mismas. En un momento yo había empezado a buscar y me encontré con un señor que hizo un trabajo en relación con las mujeres en el tango. Fui a un seminario que daba, muy interesante, y él decía: “Escuchen este tango. ¿No les hace acordar a este otro?”. Como que hubo robos, sugería él, como que a esas mujeres se les robó. Conocía muy bien el movimiento femenino en el tango, pero al final resultó ser muy machista. Cuando se enteró de mi proyecto, me preguntó: “¿Por qué querés hacer esto? Van a creer que sos tortillera”. Y yo le dije: “Ah”, y me callé, porque en verdad tenía interés en que me siguiera pasando material...

¿Qué habría pasado si le hubieras dicho “Sí, soy tortillera”?

—Y... porque fui tonta: al final estuve como dos años sin ir a verlo. Yo venía de Suiza y de Francia, de hacer mi espectáculo en francés y quería volver a armarlo en español y ampliado, con más información, y di con él. Le mostré todo mi trabajo y lo único que hizo fue querer besarme. El me quiso descalificar con eso de “van a decir que sos tortillera”; además: como si eso fuera lo más importante. Como la misma Safo, que parece más relevante que haya sido lesbiana que poeta y fue una poeta impresionante.

Está bien, pero en el tango, como en la mayoría de los géneros musicales, no parecemos existir, no nos reflejan las letras, no hay ningún tango dedicado de una mujer a otra... ¿o sí?

—A mí, una vez, Graciela Paz me escribió la letra de “Se dice de mí”, pero como adaptada a una lesbiana, era muy gracioso. Pero yo nunca lo hice porque no incursioné, ni hablé de ser lesbiana, lo que hice tiene que ver con el género. Y ahora ya no sé si quiero seguir con este homenaje a las mujeres tampoco. Tengo más ganas de hacer lo que siento, que en este momento es cantar tangos vestida de varón. Soy una mujer, sí, pero a veces creo que soy un hombre. Siento que ya no existe esa cosa tan marcada que diferencia hombres y mujeres. A mí me conmueve eso de que haya hombres que se vistan de mujeres, pero tengan una familia, una esposa, como hizo Gertrude Stein también, que vivió como un hombre y era una mujer. Ponerte en un lugar distinto, no estar tan fija en un rol, encarcelada, poder ser más libre. Canto tangos pero me gustan los poemas de Lao Tsé, los haikus, ja ja. Yo voy cayendo en el tango, pero el tango sigue siendo machista.

En tu espectáculo proyectás una foto de Azucena Maizani vestida de hombre...

—Azucena fue la primera en aparecer vestida de hombre. Y fue una cuestión accidental, contaba Aída Luz. Un día que iba a salir a cantar, en un teatro, con una orquesta, cuando fue a vestirse para salir a escena se encontró con que había desaparecido su vestido. La explicación es que se había peleado con un músico y este hombre no sólo no tocó sino que se llevó el vestido. Así que no sé cómo se le ocurrió en ese momento, se puso un saco y un sombrero que le quedaban grandes, por supuesto, y se presentó así. Porque después ella lo adoptó: salía vestida de gaucho, por eso Libertad Lamarque le decía la Ñata Gaucha. También se mostró, después de ella, Mercedes Simone vestida de varón. Incluso me enteré hace poco de que hubo travestis en los años ’30 que estaban en el ambiente del tango. Fue el apogeo de un tipo de sensibilidad... Después esto no volvió a pasar, el tango se fue haciendo como más duro. En aquel entonces la gente se divertía y eso dio lugar para que apareciera lo diverso, lo múltiple.

Gardel es de aquella época...

—Sí, él era amigo de Azucena Maizani, de Ada Falcón, y además decían que era gay... Por eso yo tengo ganas de cantar vestida de varón, pero pensando en él, porque hay un tanguito que él canta y lo hace como una mujer. Para mí la mujer cuando canta tiene una cosa de mayor exposición de la emoción, como la que él tenía. El hombre, lo masculino, en cambio, tiene algo más simple... aunque creo que hoy prevalece más lo andrógino, por suerte una va y viene. Yo imagino que hay una flor que no vemos y que es de todos, de todos los seres vivos por igual... Y que hay un mundo, el mundo de la dualidad, el de la guerra, el del enfrentamiento entre los sexos, que tiene que ver con el poder y que es el que parece que estamos obligados a mirar como si fuera el único.

¿Cómo empezaste a cantar?

—Descubrí que podía cantar cuando era muy chiquita. Un día me puse a llorar y descubrí la voz, mi voz. Entonces, todos los días iba al zaguán a la misma hora y mi abuela me decía: “¿Dónde vas nena, tan apurada?”. “Voy a llorar”, contestaba yo, porque creía que cantar era llorar. Y es desde ese lugar desde donde yo canto. Como aquel famoso tango de Mercedes Simone que dice: “Cantando yo le di mi corazón, mi amor / y desde que se fue yo canto mi dolor”. Como que el canto y el dolor están siempre a la par. Y yo me identifico con sus palabras.

LALA ACTUA UN MARTES POR MES EN LA MILONGA TANGO QUEER Y HACE UN SHOW MENSUAL EN EL RESTAURANTE FRIDA KAHLO.

Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/soy/1-1142-2009-12-26.html

viernes, 11 de diciembre de 2009

Idea & Olga


las12

Viernes, 20 de noviembre de 2009

RESCATE

Dos mujeres del veinte

Dos obras de teatro del mismo director, Silvio Lang, rinden tributo a dos poetas esenciales de la poesía sudamericana del siglo XX. Yo, Olga Orozco y Nada de Dios proponen un recorte en la poética y en la biografía de la argentina Olga Orozco y la uruguaya Idea Vilariño. Buena oportunidad para volver a escucharlas y también buena excusa para leer entre líneas lo que
sus voces siguen diciendo.


Por Paula Jiménez

VOLVER AL FUTURO

Las dos obras de teatro no parecen del mismo director y esto es, ante todo, un mérito: Lang eligió como punto de partida la figura de dos poetas, Olga Orozco e Idea Vilariño: dos poéticas muy distintas, dos mujeres muy distintas. El hecho de hacerlas coincidir en la cartelera porteña pareciera hacer eco de la coincidencia que las unió en el año ‘20 (el de su nacimiento) y en el sur del continente. ¿Por eso las eligió Lang? No sabemos. Lo que sí sabemos es que tanto Nada de Dios, como Yo, Olga Orozco, homenajean a dos poetas fundamentales del siglo XX. Y mientras que en Nada de Dios las composiciones austeras de Vilariño, son interpretadas con delicadeza por los actores, en Yo... el grandilocuente edificio de los versos de Orozco es soportado por una puesta de características ampulosas también. Las actuaciones y los recursos escénicos de Yo... tienden a crear una atmósfera de oscuridad, acorde con la indagación metafísica. Las obras en cartel demuestran una vez más que las dos poetas fueron leídas desde su piedra angular: para una la intimidad, para la otra inmensidad. Como dos caras de una misma moneda.

EL RARO AZAR Y ESE PAJARO DE LUZ

“En nuestras vidas el azar es permanente y el destino se nos abre en forma de abanico porque vale tanto lo que uno hizo como lo que dejó de hacer”, dijo una vez Olga Orozco. Y es quizás ésta una declaración de principios por la cual las responsabilidades sobre lo vivido y lo omitido son, en definitiva, una sola. Lo oculto acecha y la palabra o el acto son nuestra posibilidad de contrarrestarlo. Será por eso que la proyección de una voz como la suya ocupa tanto espacio. Su intención, la intención de los cantares de Orozco ha sido, sin dudas, llegar lo más lejos posible. Según esta autora, poesía y plegaria se parecen: ambas están al servicio de lo extraordinario y conducen a la elevación espiritual, no a su hundimiento.

Orozco, influenciada por el surrealismo, desplegó en su poesía imágenes oníricas que parecen venidas de otro plano. Y con sus versos buscó expresar sus intereses místicos o, más bien, su concepción transpersonal de la existencia; su poesía no abrevó de la experiencia directa sino de una instancia intermedia entre lo humano y lo divino. “Los Poemas a Berenice”, por ejemplo, dedicados a su gata muerta, fueron terreno fértil para plasmar una filosofía del más allá: “Pero también los dioses mueren para ser inmortales/ y volver a encender, en un día cualquiera, el polvo y los escombros”.

“Buscamos/ cada noche/ (...) entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido”, decía Idea Vilariño en “Buscamos”, para referirse al orgasmo. Y cabe mencionar que ni siquiera hoy es corriente que la poesía escrita por mujeres dé cuenta, con tal franqueza lírica, de vivencias tan íntimas y menos que estas vivencias lleguen a expresarse sin culpas ni regodeos. En “Seis” –por si nos queda alguna duda– dice: “Entonces/ todo se vino/ y cuando vino/ y/ me quedé inmóvil/ tú te quedaste inmóvil/ lo dejaste saltar/ quejándote seis veces./ Seis./ Y no sabés qué hermoso”. Los versos cortos, la agitación, no son sólo un procedimiento literario sino que reproducen una respiración que mucho tiene de sexual. Y lo que ella llamó escribir para sí misma es, quizás, haber preservado a su poesía de una mirada ajena que profanara su espacio sagrado. Y lo sagrado no existía para Vilariño más que en la palabra, porque de Dios ni hablar. En el documental Idea (1997), dirigido por M. Jacobs, declara: “Dios es un problema que no existe”. Y en la entrevista realizada por Poniatowska, esta última, afectada por la actitud de Vilariño, reflexiona: “Difícil entrevistar a Idea: no cree en las preguntas, no cree en las respuestas, no cree en nada. Hago las preguntas de cajón a las que responde sin entusiasmo, por cortesía y porque finalmente todos nos vamos a morir y eso tampoco importa”.

TODOS LOS JUEGOS, EL JUEGO

La polifacética Orozco se desempeñó como actriz de teatro y en los ’60 también como redactora de la revista Claudia; entre 1968 y 1974 confeccionó el horóscopo de Clarín. Esta actividad nos pone en la pista de otra pasión que marcó su obra: el ocultismo. Y al estudio de sus misteriosas artes se deben algunas de sus más maravillosas composiciones. En una entrevista, la poeta confesó haberse alejado de estos “juegos bastardos” –se refiere a la quiromancia y la cartomancia– y quedado tan solo con el de los versos. Pero estos juegos ya estaban arraigados en ella desde los 14 años, cuando se convirtió en discípula de una maestra que la imbuyó del mundo de lo oculto y le enseñó a leer los arcanos.

Para la circunspecta Vilariño, publicar sus poemas no fue una decisión fácil de tomar. El hecho de considerar a la escritura una actividad íntima y ajena a la escena pública, la enfrentó a una contradicción respecto del destino que se le iba presentando. En una de las pocas entrevistas que concedió, le confesó a Elena Poniatowska haber escrito versos sólo para sí misma. Vilariño, además, rechazó varios premios, entre ellos la tan codiciada beca Guggenheim y su indiferencia hacia la crítica literaria y a cualquier legitimación externa la mostró como una poeta atípica, al margen de la banalidad que en muchos casos preocupa a los artistas. “Así como me importa el juicio moral sobre mi conducta –política, gremial, etc.– nunca me importó lo que se dijera sobre lo que escribo. Nunca me sirvió de nada. Recuerdo haber atendido una observación de Onetti, otra de Claps, una de mi hermana. Eso es todo.”

VIDAS Y OBRAS

Idea Vilariño nació en Montevideo. Perteneció al grupo Generación del ‘45, del que formaron parte Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Amelia Berenguer y Gladys Castelvechi. La autora de los célebres versos de “Ya no”, dedicados a Onetti (Ya no estás en un día futuro/ no sabré dónde vives, con quién/ ni si te acuerdas.// No me abrazarás nunca como esa noche, nunca. / No volveré a tocarte. /No te veré morir”) y de otros grandes poemas de deseo y decepción, quedó situada, para el público mayoritario, del lado de la poesía amorosa. Pero Idea fue algo más. Para A. I. Larre Borges, amiga íntima: “lo político se introdujo sin grandes conmociones en su obra. En parte porque la atención a las injusticias estuvo presente desde el inicio, en parte porque los temas que el momento urgente hace ingresar a su poesía no alteran su sistema estético. Tampoco suponen el abandono de otras líneas temáticas, o la entrada a una poesía por etapas”. Vilariño recuerda de sus años de mayor compromiso político aquella imperiosa necesidad que la compelía a escribir: “En un país que vegetaba, o se pudría opacamente, y en un medio literario que seguía el mismo camino teníamos una tarea cultural convencional y alineada, pero necesaria y creadora, entre las manos”.

Olga nació en Toay, La Pampa y, ya mudada a Buenos Aires, se recibió de maestra. Muy joven ingresó al grupo Tercera Vanguardia al que pertenecía también Girondo, marido de Norah Lange con quien la poeta forjó una fuerte amistad y a quien describió como a una “excelente prosista, injustamente ignorada” (esto recuerda a las palabras de Eleonora Carrington sobre el papel asignado a la mujer en el surrealismo: “son las que les sirven el café a los surrealistas”, dijo la pintora).

Ganó, entre otros, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y publicó en vida más de una docena de títulos. Desde lejos, Las muertes, Los juegos peligrosos y La oscuridad es otro sol fueron editados por Gonzalo Losada tras una enfática recomendación de R. Alberti que la incluía a ella y a E. Molina. Contó en una entrevista la poeta: “Losada era un amante de la poesía, se interesaba poco en que la editorial fuera un comercio. Cada libro que a él le interesaba se convertía en una flor para su ojal”. Recientemente Ediciones en Danza, otra editorial que, como la Losada de entonces, se preocupa mucho más por el arte poético que por las ventas, acaba de editar una antología de poemas de Orozco titulada El jardín imposible.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Presentación "Espacios Naturales"


Bajo la luna / editorial invita a la presentación

de Espacios naturales,

de Paula Jiménez

a cargo de Teresa Arijón y Osvaldo Bossi

música: Lala y Pina González

Jueves 12 de noviembre a las 19hs.

Centro Cultural Ricardo Rojas
Av. Corrientes 2038


martes, 13 de octubre de 2009

Lucas



I

¿y hasta dónde es profundo el mar?
tanto como mirar una pupila
no se sabe a dónde llega ese agujero
al que van a parar las cosas que se miran
y se guardan en un cajón de arena
con torres y soldados escoltando
la fortuna, la nobleza de un castillo
que el agua no se lleva


II

profundo hasta donde imagino que no hay nada,
donde no puedo imaginar veo negrura
y movimiento viniendo de la orilla,
soy yo con mi traje de buzo, mis tanques de aire,
y vos estás ahí mientras yo nado, mentira,
no estás pero sabés que estoy moviendo
los brazos, las aletas del pez que quiero ser,
el tuyo en tu pecera, acuario que mirás
todos los días sentado en una silla


III

voy a gritar cuanto sea necesario voy a pararme
en tu mesa de luz sobre tus libros voy a bailar
pisando tus papeles y a estirar mis brazos
como si estuviera en el mar pero hacia arriba
señalando la lámpara el ventilador de techo
la terraza el campanario de la iglesia las palomas
y más arriba, más, donde nos miran
los muertos convertidos en estrellas


IV

a veces cuento estrellas de memoria
armo un mapa que cambia porque siempre
aparece alguna que no vi,
el cielo se olvidó de darle luz
o es chica todavía y va a crecer
plana y redonda para alumbrar de noche
todo el mar


V

yo quiero ir al mar y al espacio sideral
donde es de noche siempre
y el traje se infla y se desinfla
la cabeza escondida en su burbuja
mientras salto sobre un colchón de aire,
en plena elevación un astronauta
le da la mano a otro con blandura,
sin esta pesadez de unos ladrillos
tan firmes que podrían derrumbarse


VI

sueño con naves livianas como nubes
el fuego parte el aire igual a un rayo
multiplicado en un millón de chispas,
los colores refulgen esta noche
y las personas nos miran desde abajo,
nuestro cohete desaparece en el espacio
y se disipa entre todas las estrellas


VII

bajo el agua no soy gordo ni flaco
no tengo altura ni caigo sobre el fondo
lo mismo pasa adentro de la nave,
yo levito
me pongo mi escafandra mi antiparra
y nadie se da cuenta que te miro


VIII

arriba es todo igual pero me gusta,
si tengo sueño apago el velador
entra la luna en la cabina oscura
y clarea los contornos del volante
los botones del tablero las pantallas,
afuera los planetas siguen de largo
y se ven por la ventana


IX

toda la tierra es chica a comparar
con esta noche larga del espacio,
olas gigantes entran por los ojos
y el empujón voltea
en la parte profunda o en la orilla
si toco el suelo, el suelo
es siempre arena


X

infinita es la arena, no se gasta
aunque la usemos para hacer castillos
o el tiempo la convierta en piedra,
pedacito de estrella que se apaga
y mil años después cae a la tierra


XI

los faroles dan luz y el parabrisas curvo
nos permite una visión más amplia
si una orca se acerca la miramos
por el retrovisor del submarino
si un pez espada quiere abrir la puerta
la trabamos con candados especiales
si me canso de estar adentro salgo
a nadar como uno más pero no alcanza,
aunque sean mis amigos ellos tienen
un par de aletas y yo, patas de rana


XII

desde mi asiento escucho el ruido
de la lluvia celeste repicando
no quiero que se abolle ni se borre
la pintada que dice Apolo trece
por lo demás no tengo miedo
si hay vida hay marcianos
voy a darle la mano a uno
y retratarnos delante del cohete
para que vos escribas en el álbum
Lucas en Marte con su amigo verde.

domingo, 27 de septiembre de 2009

un poema en la Isla Jordán


Álamos plateados en el borde del río y cisnes negros llevados por el agua

de espaldas, arrastrados por el suave ondular de la corriente.

La ancha orilla es un mar de piedras blancas pisada solamente por los perros

que ladran al revuelo imprevisto de un pájaro. No hay nada más acá. Yo miro

y otra vez vuelvo a pensar en vos, como si hubieras vuelto en el paisaje

o como si el paisaje te trajera hasta mí, como un alivio

igual que trae los álamos.

martes, 15 de septiembre de 2009

otro adelanto de Espacios naturales (libro de muy, muy próxima publicación)




Hacia el viento


Aire irrepetible que llama al movimiento,
como pisar dos veces las arenas de un río.
Algo pende de la rama aquella, algo
idéntico al recuerdo
que barre la lluvia nuevamente.
En remolinos las hojas, la pinocha
las ramas que una acción desconocida ha vuelto trizas.
¿No existen responsables en el bosque?
quizá nosotras
por regresar a la frescura de los pinos, haber estado
en la humedad de la tierra,
volver, ¿quién sabe? Se oyen los pájaros,
se cuela como siempre entre los nidos
el mar sonoro.
Cerca, atravesando las casillas
la ruta gris nos arde en los pies, los pasos
que no haremos dos veces.

Con el atardecer, en bicicleta
por la ladera que rechaza la ascensión,
la gravedad repele nuestro esfuerzo
modesto de trepar
al llano oscuro. Veremos otra vez morir el día,
disolverse las horas, transformada
una cosa en su aparente opuesto.
Pero de este enfrentamiento nace el mundo
que multiplica y divide su camino.
Como los dos sentidos de la ruta,
así también nosotras
estamos avanzando hacia la noche,
extrañas que parecen
confiar más en la luna que en sí mismas.
Y cuando todo baja,
estrellas en las manos que resisten al sueño
buscando comprobar la realidad.

Andar a tientas,
pisando las raíces que se elevan
y se vuelven tramperas sobre el monte,
el ramerío seco
guardando en el arrullo de su empuje
el canto de las aves, el eco vibrante
de los grillos. En este bosque
la maldición separa a las personas
como un abrir de pétalos.
Un pimpollo abandona
su gesto ensimismado, el excesivo
cuidado de la luz y del oxígeno. El centro
estalla donde el bosque estalla
y es el amor humano
el resplandor
que los ojos refractan y convierten
en su punto de mayor oscuridad.

En la fuga del camino el sol nos ciega,
la tarde es plena, indeclinable
un recorrido
infinito nos atrapa, cierto oasis
de futuro continuo. Sucede así en la ruta,
porque al mirar hacia delante nada
parece tener fin,
si acaso fuese el mar que va y que viene
todo sería distinto.
La caída del sol sobre la playa
alarga las sombras de las cosas
que permanecen en el mismo sitio.
En cambio en el camino
nadie en el mundo,
ni vos ni yo, ni las casas están quietas
y en conjunto avanzamos
hacia el fondo variable.
Pero de pronto algo
cae compacto, parejo, sin errores,
no queda un resto fuera de este frío.

¿A dónde estás? Parece
que se pierde mi voz entre los árboles,
más gritan los pichones metidos en sus casas
o el mar que siempre vuelve. No,
el mar suena en la gente
como un clamor constante, en cambio
en esta voz que te pregunta
se escucha intermitencia, altisonancia,
la variación más débil. Las palabras ignoran
el curso inapelable, progresivo,
que si la lluvia cae, aún si gira
un huracán dentro del bosque,
su fuerza individual, devastadora
es condición también de una rutina
furtiva entre las rocas.
No es más que eso la vida.
¿A dónde estás? Pateo
las ramas desprolijas, el desparramo es obra
de los años y de la tenue brisa transformada.
La pelea de otros
decide el territorio y no aprendemos,
imposible parece rendirnos ante el bosque,
el viento, o lo que sea que nos lleva.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Aniversario


Tinta Rojas
Por Paula Jiménez
Para Las 12


“Como fui una de las encargadas de poner en marcha el Rojas, mis recuerdos son un poco subjetivos. En la primera reunión que tuvimos, donde había que delinear un plan de acción, la sensación que flotaba en el ambiente, aunque ninguno de los que estaban allí lo dijo explícitamente, era que había que pensar actividades que desde el vamos marcaran época”, dice Tamara Kamenszain, quien fuera nombrada Directora de Actividades Extracurriculares del Centro Cultural Rojas durante la gestión de Lucio Schwarzberg, hace 25 años. Y los principios que regirían aquella época estaban en el aire y había que darles forma concreta en espacios públicos como este, que abría sus puertas a lo alternativo y se proponía albergar las novedosas expresiones artísticas del renacimiento democrático. Las sucesivas decisiones sobre la política cultural del Rojas fueron delineando un modo más participativo y descontracturado. Así se fueron dejando atrás los años de dictadura, en cuyos finales, sin embargo, sigilosa, pero valientemente, había comenzado a esbozarse un camino de expresión y de escape a la represión cultural instalada por el proceso. Para la poesía resultaron nodales aquellos años y sentaron las bases de un movimiento que iría tomando variadas formas a lo largo de este cuarto de siglo. La poeta Diana Bellessi, quien acaba de publicar Tener lo que se tiene, libro que reúne toda su obra escrita y editada, mayormente, durante estas dos décadas y media, dice: “La poesía enfrentó a la dictadura y su vaciamiento cultural con frágiles pero fuertes hilos de contacto personal que le permitieron mantener vivas ediciones de revistas y libros en baja tirada, al igual que recitales esporádicos que dejaban avizorar la producción contemporánea de entonces. Esas experiencias crearon un suelo fértil que le dio vigor a lo que ahora es una tradición fuertemente asentada. Y es sobre este suelo que el Rojas abrió sus puertas acompañado, a su vez, por una miríada de otros lugares”. La expansión y efervescencia creativa de los albores democráticos simbolizaron el nacimiento de una época y contribuyeron a visibilizar lo que ya se venía gestando en medio de la adversidad de la dictadura. Aquellas nuevas voces comenzaban a ahuecar públicamente la dura pared de una verdad social impuesta por el rigor. Más tarde, la poesía pudo apropiarse de espacios institucionales como el del Rojas, que actuaron para ella como soporte material. La celebrada exteriorización y socialización de la actividad poética en los primeros ciclos de poesía aportó lo suyo. Tamara Kamenszain recuerda: “Primero estuvo el ciclo “Lengua Sucia” coordinado por Daniel Molina que, como su nombre lo indica, apuntaba a ensuciar el panorama limpito de la lengua poética imperante, y después “La voz del erizo”, a cargo de Delfina Muschietti, que inauguró la sana costumbre de mezclar figuras consolidadas con nombres desconocidos dentro de la poesía. Fue la gran pegada, porque eso permitió empezar a confrontar estéticas. Ahí lo nuevo empezó a ensuciar a lo viejo y el enchastre resultó exitoso (creo que el Rojas mismo puede entenderse como un dispositivo que vino a enchastrar un poco la sacralizada escena artística que dejó la dictadura)”. A partir de ese momento queda a la vista la poesía como expresión de diversidad en el decir y como cuerpo discursivo irrespetuoso, de imprevisibles derivaciones. Diana Bellessi describe aquél tiempo como de una “algarabía, un torrente desatado después de años de mordaza”. Y dice: “Como si no importara mucho la plusvalía de la firma personal, sino la producción en conjunto para que las voces personales se oyeran otra vez; la bienvenida a la invención, el interés, el asombro, la contaminación general. Recuerdo “La voz del erizo”, allí eran invitados a leer juntos poetas de varias generaciones, por lo que podías escuchar a los maestros, a tus coetáneos y a los jóvenes que venían detrás. Esto es parte del poder de la poesía, saludar a los que vienen, aprender de ellos y saber que nadie tiene la corona. También viene a mi memoria una mesa cuyo emblema era “La pregunta por la escritura femenina”, lleno total y desde la platea vociferábamos salvaje y alegremente, Susana Villalba, María Moreno y algunas otras acompañando a Mercedes Roffé que, en el panel, se peleaba con Nicolás Rosa…”. Y dentro de los recuerdos de esos años, hay otro que Bellessi guarda en común con Kamenszain: “Compartí una mesa de “Los que conocieron a”, en homenaje a Alejandra Pizarnik, entre otros con Susana Thénon; sus anécdotas, desopilantes y maravillosas, aún resuenan en mi cabeza; y fue en esa oportunidad que Batato Barea, desde la audiencia, y por primera vez, creo, dijo los poemas de Alejandra”. Para Kamenszain aquel momento inolvidable, el de la aparición sorpresiva de un tímido Batato adolescente en la escena pública literaria, fue indicativo de que “la suerte ya estaba echada: el Rojas estaba listo para pasar a ser el referente privilegiado de los jóvenes artistas en todas las áreas”. Y así fue. Esta referencia que el Rojas, como institución, supo percibir se multiplicó en los años posteriores. Y el mapa mercuriano de la poesía y del arte en general continuó expandiéndose en múltiples direcciones, produciendo un efecto de descentralización. Aquel espíritu participativo y de creciente diversidad de comienzos de los ’80 aún continúa propagándose. Con él las múltiples posibilidades de producción, edición y expresión pública siguen reproduciéndose y es a través de esta mecánica que la poesía ha ido conquistando un lugar cada vez más visible en nuestra sociedad durante estos años. De todas maneras, el camino trazado por la poesía argentina en estas dos décadas no es evolutivo ni lineal como no lo es, tampoco, el modo de concebirse a sí misma. “Creo que entre la poesía de los 80 y la de los 90 – dice Tamara Kamenszain - la ruptura tiene que ver con un distanciamiento que se agudiza en cuanto a cómo se concibe “lo literario”. Cada vez más se ve un querer sacarse de encima esa premisa o, como lo enuncia Josefina Ludmer, está ese proceso que ella llama post-autónomo, donde la autonomía de la literatura prácticamente se disuelve y no quedan parámetros muy claros para determinar si una obra es literaria o no. Lo que sucede en estas obras es que intentan una mayor aproximación a lo real, no en el sentido simbólico en que lo harían las corrientes del realismo, sino en el sentido de despojarse de parámetros tradicionalmente aliados de lo literario, como la metáfora, entre otros”. En su libro de ensayos La boca del testimonio, Tamara Kamenszain señala las voces de Martín Gambarotta, Washington Cucurto y Roberta Iannamico como algunas de las más destacables de la pasada década. Bellessi no enfatiza especialmente una ruptura entre los 80 y 90, sino que la considera como parte de un proceso más amplio, una suerte de metamorfosis que no termina y en la que se incluyen también las transformaciones operadas en la poética de los 2000, dice: “Creo que hubo ruptura con la tradición de ruptura, como la nominó Octavio Paz, o sea con las vanguardias europeas del siglo diecinueve y veinte. Y este es un gran momento que dura ya, en su constante transformación, más de veinte años. En este nuevo hacer el juego entre tradición y ruptura ha ido apareciendo una interesante variedad en la poesía argentina, y esto afecta la obra de autores, no de una, sino de varias generaciones que están produciendo simultáneamente. La vara de lo que “hay que hacer” ha caído, dando lugar a múltiples búsquedas personales que habilitan, a su vez, confluencias inesperadas”. Junto a Bellessi, se podría decir que el inicio de este proceso que lleva más de veinte años y por el cual “la vara de lo que hay que hacer ha caído”, incluye también el nacimiento del Rojas. Su emergencia - en el sentido de lo que surge y de la necesidad que debe ser atendida de modo impostergable – orienta sobre lo que precisaba ser “encarnado” a comienzos de los ’80 y que contuvo la marca institucional que Kamenszain imaginó y que, 25 años después, puede ser reconocida como un punto de partida.