martes 26 de enero de 2010

made in Nono




El Huaico





Chillan cada mañana
entre las hojas verdes y difusas
con que se ablanda el aguaribay.
Enredadas en ellas nos hacemos
testigos del cortejo,
del revuelo que acaba con la danza
de esas cotorras volando hacia el vacío.
Mas tarde vuelven, o son
otras iguales, interminablemente repetidas
entre las ramas donde se escucha al viento
descender desde el serro en remolinos.
Miro los picos bañarse de una luz
perfecta, la misma que al caer al lado mío
ilumina el detalle. Miro el agua
por un canal finísimo
y escucho su correr, como arrastrando
la multitud de hojas que son gotas
separadas del hielo. Y veo el césped
y sobre él al hombre de sombrero
que trabaja con la cabeza gacha y que sonríe
cuando paso a su lado. Veo el camino ir
hacia la altura y volver en el suave desliz,
en la alargada promesa de la sombra
de, al fin,
desvanecerse. Los cuises
a los saltos por el pasto, el bramido
del toro que retumba
en la tierra, el zumbar de una abeja,
el colibrí incansable suspendido: nada está quieto
acá, ni la maleza, por cuyas hojas
pasan una tras otras las hormigas.
Si miro el suelo veo
la andanza del insecto, el micromundo
organizarse debajo de las moscas
que en círculos recortan el silencio
aparente de la tarde. Escucho el aire
mezclarse con el agua y ese canto no para,
no va hacia ningún lado,
siguiendo una corriente que no busca
más que afirmar su ser en la caída. Su forma de no ser,
su pasado de nieve, transformado en blandura,
en transparencia. Fuerza sutil, el agua
que tira hacia delante unas truchas pequeñas
llamadas arco iris.
Tan diminutas son que hasta parece
que nunca crecerán,
pero la inmensidad que en ellas también es
y las rodea
avanza a su favor. No retrocede
y se hace manso el tiempo al empujar,
ligero en su canción, como un soplido.

lunes 4 de enero de 2010

Ausencia




Después de que la psicóloga pidió permiso a los padres de María Eugenia para ir al baño, pasó por la cocina y sirvió unas tacitas de te. Estaba allí cuando se sintió, de pronto, absorbida por una extraña fuerza que desde el centro de su cerebro la elevaba hacia arriba, como si alguien se la estuviera tomando con una pajita. Sin posibilidad de resistirse, sus pies despegados del piso damero buscaban oponerse a través de las puntitas de los dedos que, estirados, se empeñaban en regresar y devolver el cuerpo de la profesional al mundo de la gravedad. Las tazas que llevaba o que hubiera querido llevar al despacho, cayeron de sus manos y no hicieron ruido al tocar el piso porque eran de plástico. Qué barbaridad, pensó, hasta un objeto cualquiera tenía más posibilidades que ella de responder a los requisitos de la tierra. No podía entender lo que pasaba. Lógicamente, la psicóloga se sentía algo más que azorada porque nunca había sido absorbida. Toda su experiencia vital hasta el momento tenía que ver, más bien, con las caídas y el viaje que contra su voluntad estaba emprendiendo era insólito para su estructurado modo de pensar. A medida que ascendía, su cuerpo iba tomando velocidad y no paraba de ser atraído por una fuerza desconocida que tanto podía provenir de un agujero negro en el universo como de un sapo gigante que estuviera bebiendo un trago arriba de una nube, ya que a esa altura todo le parecía posible. Hasta entonces había sido “una mujer normal”, pero esta creencia sobre sí misma se desbarató en el instante en que su cuerpo, propulsado por una fuerza oculta, era elevado hacia el cenit y rompía el techo de la oficina a través del casquete de su cabeza como si fuera una topadora y sin sentir la más mínima neuralgia. A través del ascenso vio cómo todo quedaba no atrás, sino abajo, y pensó que no era eso lo peor, sino la incertidumbre sobre hacia donde se dirigía o, mejor dicho, hacia donde era dirigida. Porque entre las sensaciones más espeluznantes que puede atravesar una persona “controladora” como aquella psicóloga, la de ser llevada por manos anónimas a un puerto inimaginable era la que ganaba el primer puesto. Es cierto que no hace falta ser “controladora” o “rígida” para espantarse de algo así, ya que hasta un hippie de los años 60 puede verse sobrepasado por circunstancias como esas. De hecho, cuando ya se había elevado varios miles de kilómetros sobre el Jardín de la república – hasta el momento había vivido en Tucumán – vio pasar a su lado, a una velocidad significativamente mayor, un hippie que podría ser su padre, con barba larga, lentes redondos y un morral de lana flameando en el aire, que gritaba con desesperación: - ¡Déjenme volver, déjenme volver! Y aún en medio de su propio horror por lo que le tocaba vivir sin comerla ni beberla, la psicóloga se planteó si un hombre así, que tanto habría ambicionado una vida “más loca” y una nueva sociedad, no tendría que haber recibido mejor que ella la novedad del ascenso. Por otra parte pensó, mientras lo miraba subir, que por lo menos ahora sabía que no era la única y que quizás a ellos dos le seguirían otros más. También se preguntó si no sería la extrema delgadez del hippie la que lo hacía impulsarse hacia el cenit más velozmente que ella, o a qué se debería la diferencia. Lo que nunca, pero nunca, se le cruzó es que esa “maquinaria” que aparentemente la absorbía desde la parte superior de su cuerpo y la propulsaba hacia el infinito pudiera fallar, pero de golpe vio caer con una rapidez indescriptible un cuerpo que parecía ser el de una mujer más gorda y joven que ella y cambió de opinión ¿De qué se trataba? ¿habría sido el peso de la mujer lo que finalmente no pudo ser sostenido durante el recorrido total de la “absorción” por ser demasiado grande para esa “maquinaria”? pero una “maquinaria” así de potente y universal, con una fuerza de determinación casi divina, ¿se arredraría ante el peso de una mujer que por otra parte tampoco era exageradamente gorda? No, seguramente no era eso lo que había ocurrido. Lo peor a esta altura, pensó, no será “llegar” a dónde soy dirigida, sino que me dejen caer como a la otra y terminar estrolada contra el piso o infartada en el aire. Tenía razón, ya que “llegar” era, por lo menos, una posibilidad de seguir viva, posibilidad que se vería muy reducida si la fuerza de propulsión que ahora la sostenía se detuviera y la soltara de golpe en el vacío. Entonces, de pronto comprendió que “eso” que la chupaba desde su cabeza se había convertido ya no en su opositor sino en su aliado y que no se diferenciaba tanto de los años, o de cualquier otra cosa conocida que tampoco tuviese vuelta atrás. Sin embargo ese sentimiento no alcanzó para tranquilizarla. Ya tenía los oídos muy apunados cuando, de golpe, un fuerte estruendo se dejó oír y fue como si dos bombas hubieran explotado dentro de ellos para dejar lugar, inmediatamente, a un inesperado alivio. Entonces, como quien no quiere la cosa, empezó a dejarse oír una voz de hombre que venía desde lejos y le decía: Licenciada, licenciada, ¿se encuentra usted bien? Era el padre de María Eugenia. La licenciada abrió los ojos que estaban muy llorosos, como si le hubieran prendido un ventilador delante de la cara durante media hora y vio, primero nubladamente y después con nitidez, el blanco y el negro del piso damero de la cocina y un poco más atrás las patas de metal roídas que sostenían la vieja mesada, y sintió, de pronto, todo el frío de la baldosa sobre la que tenía apoyada su mejilla derecha. Casi a un metro, de una taza volcada se había derramado el té que aún estaba caliente y le empapaba el pantalón. La baba le caía, como una hilacha, de la comisura izquierda y atravesaba su mentón hasta marcarle el cuello. Ya estoy con usted, dijo la psicóloga todavía en el piso, perdone, por favor, es que soy hipotensa.

martes 29 de diciembre de 2009

Regalito para terminar el año


Suplemento Soy

Sábado, 26 de diciembre de 2009

Entrevista a Lala


No habrá ninguna igual



Con ese nombre que parece una invitación al canto, y vestida a lo varón, Lala canta el tango como ninguna. La voz de las pioneras y la sutileza de las primeras cancionistas se reencarnan en esta feminista arrabalera que primero aprendió a llorar, después a cantar y luego a andar con sentimiento.
Por Paula Jiménez

¿Hay una contradicción para vos entre ser feminista y cantar esas letras de tango tan machistas a veces?

—Siempre canté tangos, porque me parecen muy teatrales, ésa es la posibilidad que te da este género. Me dediqué a la actuación y me gusta poder, en cuatro minutos, construir un personaje. Cada vez que canto un tango de estas mujeres estoy evocando una sensibilidad, una época, un ser: es un viaje. Entrar en otro espacio, eso hago. Me comparo con ese personaje, me conecto con esas mujeres y empiezo a leer sobre ellas, a enterarme de cosas que no sabía. Me siento más una actriz que canta que una cantante. Y, por otra parte, a mí lo que me interesa es rescatar una energía en especial dentro del tango.

¿Qué energía? ¿Por qué querer rescatarla dentro del tango?

—Porque yo la veo. Porque la encontré... Para mí lo más importante en el mundo es la alegría. Es como una flor, no importa si después desaparece. Hay una flor que me regaló Bárbara Belloc que en primavera sale un solo día y después desaparece, sin dejar restos... Yo lo relaciono con los monjes zen, con lo que se desmaterializa. Nacimos para ser delicados y hermosos... Y cuando canto un tango, lo canto desde ahí. Es difícil, ya sé, porque no es delicado el tango. Esa delicadeza la voy encontrando en las palabras, en el sentimiento y el desgarro del tango que cantaban esas mujeres... Yo al tango creo que lo uso. Veo en él ese gesto, esencial y genuino que se fue perdiendo, porque el tango de ahora no es como el de entonces...

En los ‘90 empezaste con tu espectáculo Se va la vida, que era un homenaje a las mujeres en el tango. ¿Cómo se originó en ese momento aquel proyecto?

—Fue gracias a María Moreno, que me escuchó cantar en un bolichito de La Boca y me dijo que me parecía a Azucena Maizani. A partir de ahí yo empecé a investigar a las mujeres del tango de aquellos años. Para mí, antes, eran mujeres de vocecitas agudas y de pronto descubrí que detrás de eso había un movimiento impresionante. Yo cantaba tangos desde chiquita, escuchaba a Susy Leiva, a Susana Rinaldi, pero no tenía idea de las compositoras, como por ejemplo de María Luisa Carnelli, la autora de “Se va la vida”. Siempre fui hiperfeminista y cuando estudié arte dramático me preguntaba: ¿dónde están las autoras? Parecían ser todos hombres. Y me alegré mucho al descubrir ese mundo de comienzos del siglo XX, finales del XIX: las cantantes, las poetas, las de la “Ribera izquierda”, Collette, Gertrude Stein, mujeres de vanguardia. Aquello que sucedió en Europa se sintió también acá, sobre todo en el tango, donde prevalecían las cancionistas, la mayoría autoras: Azucena Maizani, Mercedes Simone, Ada Falcón, hasta Tita Merello compuso tangos. No eran mujeres de clase alta como las de la Ribera izquierda que se reunían en salones y editaban libros, y de alguna manera inventaron la modernidad. Pero, como ellas, las mujeres de acá también se adelantaron a su época. Con su actitud, con su manera de decir, de cantar. Fue importante ese momento inicial. Lo que me llama la atención es que el aquel público era más bien femenino y llenaba los teatros; las cantantes actuaban en vivo en las radios y había concursos de letras y música, era como una fiesta. Yo me acuerdo de que la época en que yo empecé, en el ’94, había un grupo de tango que se llamaba Glorias Porteñas, pero ellos no hablaban para nada de este tema. Todavía no se habla.

¿Por qué no se habla?

—La verdad, no sé por qué no se le da repercusión. Hay una suerte de moda con el tango, pero no se profundiza. Yo estudié en una escuela de música popular y no había ningún material de investigación. Tampoco actualmente hay una movida desde las cantantes mismas. En un momento yo había empezado a buscar y me encontré con un señor que hizo un trabajo en relación con las mujeres en el tango. Fui a un seminario que daba, muy interesante, y él decía: “Escuchen este tango. ¿No les hace acordar a este otro?”. Como que hubo robos, sugería él, como que a esas mujeres se les robó. Conocía muy bien el movimiento femenino en el tango, pero al final resultó ser muy machista. Cuando se enteró de mi proyecto, me preguntó: “¿Por qué querés hacer esto? Van a creer que sos tortillera”. Y yo le dije: “Ah”, y me callé, porque en verdad tenía interés en que me siguiera pasando material...

¿Qué habría pasado si le hubieras dicho “Sí, soy tortillera”?

—Y... porque fui tonta: al final estuve como dos años sin ir a verlo. Yo venía de Suiza y de Francia, de hacer mi espectáculo en francés y quería volver a armarlo en español y ampliado, con más información, y di con él. Le mostré todo mi trabajo y lo único que hizo fue querer besarme. El me quiso descalificar con eso de “van a decir que sos tortillera”; además: como si eso fuera lo más importante. Como la misma Safo, que parece más relevante que haya sido lesbiana que poeta y fue una poeta impresionante.

Está bien, pero en el tango, como en la mayoría de los géneros musicales, no parecemos existir, no nos reflejan las letras, no hay ningún tango dedicado de una mujer a otra... ¿o sí?

—A mí, una vez, Graciela Paz me escribió la letra de “Se dice de mí”, pero como adaptada a una lesbiana, era muy gracioso. Pero yo nunca lo hice porque no incursioné, ni hablé de ser lesbiana, lo que hice tiene que ver con el género. Y ahora ya no sé si quiero seguir con este homenaje a las mujeres tampoco. Tengo más ganas de hacer lo que siento, que en este momento es cantar tangos vestida de varón. Soy una mujer, sí, pero a veces creo que soy un hombre. Siento que ya no existe esa cosa tan marcada que diferencia hombres y mujeres. A mí me conmueve eso de que haya hombres que se vistan de mujeres, pero tengan una familia, una esposa, como hizo Gertrude Stein también, que vivió como un hombre y era una mujer. Ponerte en un lugar distinto, no estar tan fija en un rol, encarcelada, poder ser más libre. Canto tangos pero me gustan los poemas de Lao Tsé, los haikus, ja ja. Yo voy cayendo en el tango, pero el tango sigue siendo machista.

En tu espectáculo proyectás una foto de Azucena Maizani vestida de hombre...

—Azucena fue la primera en aparecer vestida de hombre. Y fue una cuestión accidental, contaba Aída Luz. Un día que iba a salir a cantar, en un teatro, con una orquesta, cuando fue a vestirse para salir a escena se encontró con que había desaparecido su vestido. La explicación es que se había peleado con un músico y este hombre no sólo no tocó sino que se llevó el vestido. Así que no sé cómo se le ocurrió en ese momento, se puso un saco y un sombrero que le quedaban grandes, por supuesto, y se presentó así. Porque después ella lo adoptó: salía vestida de gaucho, por eso Libertad Lamarque le decía la Ñata Gaucha. También se mostró, después de ella, Mercedes Simone vestida de varón. Incluso me enteré hace poco de que hubo travestis en los años ’30 que estaban en el ambiente del tango. Fue el apogeo de un tipo de sensibilidad... Después esto no volvió a pasar, el tango se fue haciendo como más duro. En aquel entonces la gente se divertía y eso dio lugar para que apareciera lo diverso, lo múltiple.

Gardel es de aquella época...

—Sí, él era amigo de Azucena Maizani, de Ada Falcón, y además decían que era gay... Por eso yo tengo ganas de cantar vestida de varón, pero pensando en él, porque hay un tanguito que él canta y lo hace como una mujer. Para mí la mujer cuando canta tiene una cosa de mayor exposición de la emoción, como la que él tenía. El hombre, lo masculino, en cambio, tiene algo más simple... aunque creo que hoy prevalece más lo andrógino, por suerte una va y viene. Yo imagino que hay una flor que no vemos y que es de todos, de todos los seres vivos por igual... Y que hay un mundo, el mundo de la dualidad, el de la guerra, el del enfrentamiento entre los sexos, que tiene que ver con el poder y que es el que parece que estamos obligados a mirar como si fuera el único.

¿Cómo empezaste a cantar?

—Descubrí que podía cantar cuando era muy chiquita. Un día me puse a llorar y descubrí la voz, mi voz. Entonces, todos los días iba al zaguán a la misma hora y mi abuela me decía: “¿Dónde vas nena, tan apurada?”. “Voy a llorar”, contestaba yo, porque creía que cantar era llorar. Y es desde ese lugar desde donde yo canto. Como aquel famoso tango de Mercedes Simone que dice: “Cantando yo le di mi corazón, mi amor / y desde que se fue yo canto mi dolor”. Como que el canto y el dolor están siempre a la par. Y yo me identifico con sus palabras.

LALA ACTUA UN MARTES POR MES EN LA MILONGA TANGO QUEER Y HACE UN SHOW MENSUAL EN EL RESTAURANTE FRIDA KAHLO.

Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/soy/1-1142-2009-12-26.html

viernes 11 de diciembre de 2009

Idea & Olga


las12

Viernes, 20 de noviembre de 2009

RESCATE

Dos mujeres del veinte

Dos obras de teatro del mismo director, Silvio Lang, rinden tributo a dos poetas esenciales de la poesía sudamericana del siglo XX. Yo, Olga Orozco y Nada de Dios proponen un recorte en la poética y en la biografía de la argentina Olga Orozco y la uruguaya Idea Vilariño. Buena oportunidad para volver a escucharlas y también buena excusa para leer entre líneas lo que
sus voces siguen diciendo.


Por Paula Jiménez

VOLVER AL FUTURO

Las dos obras de teatro no parecen del mismo director y esto es, ante todo, un mérito: Lang eligió como punto de partida la figura de dos poetas, Olga Orozco e Idea Vilariño: dos poéticas muy distintas, dos mujeres muy distintas. El hecho de hacerlas coincidir en la cartelera porteña pareciera hacer eco de la coincidencia que las unió en el año ‘20 (el de su nacimiento) y en el sur del continente. ¿Por eso las eligió Lang? No sabemos. Lo que sí sabemos es que tanto Nada de Dios, como Yo, Olga Orozco, homenajean a dos poetas fundamentales del siglo XX. Y mientras que en Nada de Dios las composiciones austeras de Vilariño, son interpretadas con delicadeza por los actores, en Yo... el grandilocuente edificio de los versos de Orozco es soportado por una puesta de características ampulosas también. Las actuaciones y los recursos escénicos de Yo... tienden a crear una atmósfera de oscuridad, acorde con la indagación metafísica. Las obras en cartel demuestran una vez más que las dos poetas fueron leídas desde su piedra angular: para una la intimidad, para la otra inmensidad. Como dos caras de una misma moneda.

EL RARO AZAR Y ESE PAJARO DE LUZ

“En nuestras vidas el azar es permanente y el destino se nos abre en forma de abanico porque vale tanto lo que uno hizo como lo que dejó de hacer”, dijo una vez Olga Orozco. Y es quizás ésta una declaración de principios por la cual las responsabilidades sobre lo vivido y lo omitido son, en definitiva, una sola. Lo oculto acecha y la palabra o el acto son nuestra posibilidad de contrarrestarlo. Será por eso que la proyección de una voz como la suya ocupa tanto espacio. Su intención, la intención de los cantares de Orozco ha sido, sin dudas, llegar lo más lejos posible. Según esta autora, poesía y plegaria se parecen: ambas están al servicio de lo extraordinario y conducen a la elevación espiritual, no a su hundimiento.

Orozco, influenciada por el surrealismo, desplegó en su poesía imágenes oníricas que parecen venidas de otro plano. Y con sus versos buscó expresar sus intereses místicos o, más bien, su concepción transpersonal de la existencia; su poesía no abrevó de la experiencia directa sino de una instancia intermedia entre lo humano y lo divino. “Los Poemas a Berenice”, por ejemplo, dedicados a su gata muerta, fueron terreno fértil para plasmar una filosofía del más allá: “Pero también los dioses mueren para ser inmortales/ y volver a encender, en un día cualquiera, el polvo y los escombros”.

“Buscamos/ cada noche/ (...) entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido”, decía Idea Vilariño en “Buscamos”, para referirse al orgasmo. Y cabe mencionar que ni siquiera hoy es corriente que la poesía escrita por mujeres dé cuenta, con tal franqueza lírica, de vivencias tan íntimas y menos que estas vivencias lleguen a expresarse sin culpas ni regodeos. En “Seis” –por si nos queda alguna duda– dice: “Entonces/ todo se vino/ y cuando vino/ y/ me quedé inmóvil/ tú te quedaste inmóvil/ lo dejaste saltar/ quejándote seis veces./ Seis./ Y no sabés qué hermoso”. Los versos cortos, la agitación, no son sólo un procedimiento literario sino que reproducen una respiración que mucho tiene de sexual. Y lo que ella llamó escribir para sí misma es, quizás, haber preservado a su poesía de una mirada ajena que profanara su espacio sagrado. Y lo sagrado no existía para Vilariño más que en la palabra, porque de Dios ni hablar. En el documental Idea (1997), dirigido por M. Jacobs, declara: “Dios es un problema que no existe”. Y en la entrevista realizada por Poniatowska, esta última, afectada por la actitud de Vilariño, reflexiona: “Difícil entrevistar a Idea: no cree en las preguntas, no cree en las respuestas, no cree en nada. Hago las preguntas de cajón a las que responde sin entusiasmo, por cortesía y porque finalmente todos nos vamos a morir y eso tampoco importa”.

TODOS LOS JUEGOS, EL JUEGO

La polifacética Orozco se desempeñó como actriz de teatro y en los ’60 también como redactora de la revista Claudia; entre 1968 y 1974 confeccionó el horóscopo de Clarín. Esta actividad nos pone en la pista de otra pasión que marcó su obra: el ocultismo. Y al estudio de sus misteriosas artes se deben algunas de sus más maravillosas composiciones. En una entrevista, la poeta confesó haberse alejado de estos “juegos bastardos” –se refiere a la quiromancia y la cartomancia– y quedado tan solo con el de los versos. Pero estos juegos ya estaban arraigados en ella desde los 14 años, cuando se convirtió en discípula de una maestra que la imbuyó del mundo de lo oculto y le enseñó a leer los arcanos.

Para la circunspecta Vilariño, publicar sus poemas no fue una decisión fácil de tomar. El hecho de considerar a la escritura una actividad íntima y ajena a la escena pública, la enfrentó a una contradicción respecto del destino que se le iba presentando. En una de las pocas entrevistas que concedió, le confesó a Elena Poniatowska haber escrito versos sólo para sí misma. Vilariño, además, rechazó varios premios, entre ellos la tan codiciada beca Guggenheim y su indiferencia hacia la crítica literaria y a cualquier legitimación externa la mostró como una poeta atípica, al margen de la banalidad que en muchos casos preocupa a los artistas. “Así como me importa el juicio moral sobre mi conducta –política, gremial, etc.– nunca me importó lo que se dijera sobre lo que escribo. Nunca me sirvió de nada. Recuerdo haber atendido una observación de Onetti, otra de Claps, una de mi hermana. Eso es todo.”

VIDAS Y OBRAS

Idea Vilariño nació en Montevideo. Perteneció al grupo Generación del ‘45, del que formaron parte Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Amelia Berenguer y Gladys Castelvechi. La autora de los célebres versos de “Ya no”, dedicados a Onetti (Ya no estás en un día futuro/ no sabré dónde vives, con quién/ ni si te acuerdas.// No me abrazarás nunca como esa noche, nunca. / No volveré a tocarte. /No te veré morir”) y de otros grandes poemas de deseo y decepción, quedó situada, para el público mayoritario, del lado de la poesía amorosa. Pero Idea fue algo más. Para A. I. Larre Borges, amiga íntima: “lo político se introdujo sin grandes conmociones en su obra. En parte porque la atención a las injusticias estuvo presente desde el inicio, en parte porque los temas que el momento urgente hace ingresar a su poesía no alteran su sistema estético. Tampoco suponen el abandono de otras líneas temáticas, o la entrada a una poesía por etapas”. Vilariño recuerda de sus años de mayor compromiso político aquella imperiosa necesidad que la compelía a escribir: “En un país que vegetaba, o se pudría opacamente, y en un medio literario que seguía el mismo camino teníamos una tarea cultural convencional y alineada, pero necesaria y creadora, entre las manos”.

Olga nació en Toay, La Pampa y, ya mudada a Buenos Aires, se recibió de maestra. Muy joven ingresó al grupo Tercera Vanguardia al que pertenecía también Girondo, marido de Norah Lange con quien la poeta forjó una fuerte amistad y a quien describió como a una “excelente prosista, injustamente ignorada” (esto recuerda a las palabras de Eleonora Carrington sobre el papel asignado a la mujer en el surrealismo: “son las que les sirven el café a los surrealistas”, dijo la pintora).

Ganó, entre otros, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo y publicó en vida más de una docena de títulos. Desde lejos, Las muertes, Los juegos peligrosos y La oscuridad es otro sol fueron editados por Gonzalo Losada tras una enfática recomendación de R. Alberti que la incluía a ella y a E. Molina. Contó en una entrevista la poeta: “Losada era un amante de la poesía, se interesaba poco en que la editorial fuera un comercio. Cada libro que a él le interesaba se convertía en una flor para su ojal”. Recientemente Ediciones en Danza, otra editorial que, como la Losada de entonces, se preocupa mucho más por el arte poético que por las ventas, acaba de editar una antología de poemas de Orozco titulada El jardín imposible.

sábado 7 de noviembre de 2009

Presentación "Espacios Naturales"


Bajo la luna / editorial invita a la presentación

de Espacios naturales,

de Paula Jiménez

a cargo de Teresa Arijón y Osvaldo Bossi

música: Lala y Pina González

Jueves 12 de noviembre a las 19hs.

Centro Cultural Ricardo Rojas
Av. Corrientes 2038


martes 13 de octubre de 2009

Lucas



I

¿y hasta dónde es profundo el mar?
tanto como mirar una pupila
no se sabe a dónde llega ese agujero
al que van a parar las cosas que se miran
y se guardan en un cajón de arena
con torres y soldados escoltando
la fortuna, la nobleza de un castillo
que el agua no se lleva


II

profundo hasta donde imagino que no hay nada,
donde no puedo imaginar veo negrura
y movimiento viniendo de la orilla,
soy yo con mi traje de buzo, mis tanques de aire,
y vos estás ahí mientras yo nado, mentira,
no estás pero sabés que estoy moviendo
los brazos, las aletas del pez que quiero ser,
el tuyo en tu pecera, acuario que mirás
todos los días sentado en una silla


III

voy a gritar cuanto sea necesario voy a pararme
en tu mesa de luz sobre tus libros voy a bailar
pisando tus papeles y a estirar mis brazos
como si estuviera en el mar pero hacia arriba
señalando la lámpara el ventilador de techo
la terraza el campanario de la iglesia las palomas
y más arriba, más, donde nos miran
los muertos convertidos en estrellas


IV

a veces cuento estrellas de memoria
armo un mapa que cambia porque siempre
aparece alguna que no vi,
el cielo se olvidó de darle luz
o es chica todavía y va a crecer
plana y redonda para alumbrar de noche
todo el mar


V

yo quiero ir al mar y al espacio sideral
donde es de noche siempre
y el traje se infla y se desinfla
la cabeza escondida en su burbuja
mientras salto sobre un colchón de aire,
en plena elevación un astronauta
le da la mano a otro con blandura,
sin esta pesadez de unos ladrillos
tan firmes que podrían derrumbarse


VI

sueño con naves livianas como nubes
el fuego parte el aire igual a un rayo
multiplicado en un millón de chispas,
los colores refulgen esta noche
y las personas nos miran desde abajo,
nuestro cohete desaparece en el espacio
y se disipa entre todas las estrellas


VII

bajo el agua no soy gordo ni flaco
no tengo altura ni caigo sobre el fondo
lo mismo pasa adentro de la nave,
yo levito
me pongo mi escafandra mi antiparra
y nadie se da cuenta que te miro


VIII

arriba es todo igual pero me gusta,
si tengo sueño apago el velador
entra la luna en la cabina oscura
y clarea los contornos del volante
los botones del tablero las pantallas,
afuera los planetas siguen de largo
y se ven por la ventana


IX

toda la tierra es chica a comparar
con esta noche larga del espacio,
olas gigantes entran por los ojos
y el empujón voltea
en la parte profunda o en la orilla
si toco el suelo, el suelo
es siempre arena


X

infinita es la arena, no se gasta
aunque la usemos para hacer castillos
o el tiempo la convierta en piedra,
pedacito de estrella que se apaga
y mil años después cae a la tierra


XI

los faroles dan luz y el parabrisas curvo
nos permite una visión más amplia
si una orca se acerca la miramos
por el retrovisor del submarino
si un pez espada quiere abrir la puerta
la trabamos con candados especiales
si me canso de estar adentro salgo
a nadar como uno más pero no alcanza,
aunque sean mis amigos ellos tienen
un par de aletas y yo, patas de rana


XII

desde mi asiento escucho el ruido
de la lluvia celeste repicando
no quiero que se abolle ni se borre
la pintada que dice Apolo trece
por lo demás no tengo miedo
si hay vida hay marcianos
voy a darle la mano a uno
y retratarnos delante del cohete
para que vos escribas en el álbum
Lucas en Marte con su amigo verde.

domingo 27 de septiembre de 2009

un poema en la Isla Jordán


Álamos plateados en el borde del río y cisnes negros llevados por el agua

de espaldas, arrastrados por el suave ondular de la corriente.

La ancha orilla es un mar de piedras blancas pisada solamente por los perros

que ladran al revuelo imprevisto de un pájaro. No hay nada más acá. Yo miro

y otra vez vuelvo a pensar en vos, como si hubieras vuelto en el paisaje

o como si el paisaje te trajera hasta mí, como un alivio

igual que trae los álamos.